Veintitrés mujeres asesinadas dan un rotundo mentís al discurso oficial sobre la reducción de los feminicidios: las muertes de mujeres a mano de sus parejas o exparejas durante el primer trimestre de este año, representan el 39 % del total de las ocurridas en el 2025.
Son ya muchas las voces que alertan, sin ser oídas, sobre la equivocación de considerar los femicidios como simple estadística en apoyo a una narrativa de éxito político. O de presentar como avance las reformas legislativas que aumentan penas por la comisión del delito.
Una política pública que busque el mayor impacto posible, debe insistir en desmontar las relaciones de poder que objetualizan a las mujeres, en fomentar masculinidades que deconstruyan la masculinidad hegemónica. Actuar sobre la cultura que sirve de caldo de cultivo a la idea de que la violencia y la dominación es parte de la genética masculina.
Parafraseando a Simone de Beauvoir, es razonable afirmar que, en el sentido social, no se nace hombre, se aprende a serlo mediante una crianza-enseñanza que asigna roles diferenciados y jerárquicos basados en el sexo. Roles que definen la masculinidad con atributos como la fuerza, la valentía, el éxito, la necesidad casi fisiológica de demostrar poder sobre otros, particularmente sobre las mujeres. Roles que, en definitiva, obstruyen en el varón la capacidad de pensar la igualdad y el equilibrio como fundamento de la sociabilidad humana.
Aunque algunos lo pretendan, el feminicidio no es resultado de desajustes emocionales o trastornos frontotemporales en el hombre feminicida. Verlo de esta manera es exculpar al sistema de dominación patriarcal. Porque independientemente de cualquier factor desencadenante que se esgrima, es la cultura machista la que pone el arma en la mano que arrebata la vida a las mujeres.
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